Cómo vivir de forma más consciente

Cómo vivir de forma más consciente

Casi todos queremos vivir el mayor tiempo posible. Pero en esa búsqueda urgente, y nunca garantizada, por alargar la vida, pasamos por alto otra posibilidad más realista y más importante: cambiar la intensidad con la que la vivimos.

Porque, en el fondo, no todo el tiempo vale lo mismo. El tiempo parece que se expande cuanto más nos detenemos en lo que ocurre, lo examinamos y lo volvemos a pensar; y se contrae cuando apenas entornamos los ojos ante la realidad, quizá porque nos asusta el futuro, nos pesa el pasado, seguimos agendas ajenas o vivimos pendientes de lo que vendrá.

Cada minuto que estamos vivos es similar desde un punto de vista fisiológico, pero a nivel psicológico atravesamos periodos en los que somos más o menos conscientes de estar aquí. Podemos, por así decirlo, vivir más o menos conscientemente.

Los niños pequeños son maestros en vivir conscientemente sin proponérselo. Por eso un simple paseo al parque con ellos puede durar cuatro veces más de lo previsto. Hay tantas hojas que mirar, tantas piedras que coger, tantos muros que recorrer con los dedos, bordillos que saltar o insectos que explorar.

Si el tiempo parece acelerarse a medida que envejecemos, es porque de forma inconsciente decidimos que ya hemos visto todo lo relevante o encantador que había que ver. Caminamos por el parque, y por el mundo, con los ojos vendados. Los días se vacían porque percibimos cada vez menos en ellos. Dejamos de mirar bien los árboles, los cables detrás de la televisión, la forma de caminar de un perro, las manos de nuestra pareja o las nubes a media tarde. Puede que haga décadas que no miramos de verdad una manzana o un tirador de un cajón. Detalles que nos habrían detenido a los cuatro años se difuminan… hasta que, con horror, descubrimos que vuelve a ser otoño y no sabemos adónde se ha ido otro año más.

La diferencia entre vivir y vivir conscientemente es la misma que hay entre tragar algo de golpe y masticarlo con calma. Quien vive conscientemente no sólo quiere tener una experiencia: quiere entender cómo funciona y qué efecto produce en su mente. Especialmente en dos tipos de experiencias: las dolorosas y las bellas.

Por ejemplo, una persona puede encontrarse sentada en un banco en un parque con el sol de invierno dándole en la cara. Percibe la belleza como cualquiera. Pero siente, de forma inusual, un deseo enorme de no dejar que esa belleza se le escape, y trata de retenerla a través de preguntas: ¿por qué me emociona tanto esto? ¿Qué he echado de menos durante el verano? ¿A qué le tengo miedo normalmente? ¿Qué tiene este día que me tranquiliza? ¿Por qué este tono de azul del cielo resulta tan acogedor? ¿Qué hay en estos árboles que los hace tan bonitos?

No hace falta ser poeta ni artista para digerir mejor nuestras experiencias, pero sí podemos aprender de ellos a estudiar el mundo y conservar sus mejores momentos (para que esa hierba, el olor de los pinos o el canto de los pájaros sigan vivos en nosotros en pleno agosto).

También podemos vivir más conscientemente los momentos dolorosos. Ahí también podemos intentar frenar la velocidad del tiempo haciéndonos preguntas: ¿qué ha hecho que ese compañero resultara tan desagradable? ¿Por qué me siento tan raro con mi amigo desde hace unos meses? ¿Qué hay detrás del miedo que siento hacia quienes me aprecian demasiado? ¿Por qué me irrita tanto el cinismo? ¿De dónde nace esta tristeza con respecto al trabajo?

Cuando dominamos el arte de vivir conscientemente, podemos permitirnos preocuparnos menos por cuánto durará nuestra vida. Unos años más o menos dejan de ser decisivos cuando podemos densificar el tiempo a voluntad, y encontrar en un solo día el contenido que normalmente atribuiríamos a un mes. Podemos frenar el avance reductivo del reloj con los hilos de nuestra propia sensibilidad.

Quizá deberíamos dejar de preguntar cuántos años tiene alguien o cuántos años nos quedan y mejor preguntar: ¿cuánto estás viviendo de verdad?

Regresar al blog